El pronunciamiento de la Corte Constitucional y el legado uribista
- ALFREDO SARMIENTO NARVÁEZ
Como defensor de una democracia institucional no evaporada en medio de personalismos, siempre tuve la claridad de acatar la sentencia de la Corte Constitucional, cualquiera hubiese sido su fallo con respecto a la constitucionalidad de la ley del referendo, que buscaba una nueva reelección del Presidente en ejercicio.
La Corte se pronunció. Hay argumentos de forma y de fondo para declarar inexequible la ley de marras. De su sentencia se desprenden saldos pedagógicos sobre cómo habrán de utilizarse a futuro los mecanismos de participación política. Se deberá apelar a ellos con criterios de excelencia, que superen los voluntarismos, atajos y trapisondas. Sin duda, la sentencia representa un escalón más en la consolidación de nuestras actitudes democráticas.
Después de esta sentencia, Colombia puede terminar de consolidar su lucha contra los violentos con la legitimidad refrendada de ser un Estado que camina en los terrenos de la democracia institucional, del equilibrio de los poderes, del sistema de pesos y contrapesos y las alternancias en el poder. Dentro de esa institucionalidad, con vigor y diligencia, urge retomar la aplazada lucha contra esa forma de violencia que es la triada corrupción-clientelismo-politiquería. Está abierto el espacio para retomar los grandes temas del país: su competitividad social y económica; su lugar en el contexto internacional; entre otros.
En el debate político doméstico, unos ganan y otros pierden. Consolida prestigio y autoridad la Corte Constitucional como garante de la arquitectura institucional de la Patria. Brillan aquellos sectores políticos que han sabido tener independencia del gobierno y, al mismo tiempo, manifestar respeto y reconocimiento por sus aciertos.
Quedan mellados aquellos que apostaron por una dependencia ciega y acrítica hacia el gobierno o aquellos que han hecho de él, objetivo de sus malquerencias obsesivas y recalcitrantes. Dependientes y malquerientes quedaron igualados en el terreno de los cálculos de mezquina politiquería.
Queda minada la imagen de jurista del Procurador, con un corto concepto en el que se recapitulan los mismos vicios de forma que retomó la Corte Constitucional, para concluir precisamente todo lo contrario a lo sugerido por el Procurador.
Enhorabuena, el país ya empieza a salir del terreno resbaloso y polarizante de los que querían reducir nuestro proceso político a la pobre fórmula de uribismo vs antiuribismo.
El discurso del Presidente sobre el fallo es sensato. Es una lástima que, en medio de sus propias ambigüedades, silencios, pronunciamientos y decisiones, con el aplauso de sus aduladores, para algunos, su gloria de estadista se haya podido desvanecer por un aparente apego al poder. A él corresponde también su propio aprendizaje en este trance histórico; está en su legítimo derecho de hacerlo y merece en ese proceso la solidaridad y respeto de sus conciudadanos.
Ha sentado las bases Alvaro Uribe Vélez de la Seguridad Democrática que nos liberó de las garras del galopante paramilitarismo, de la arrogante guerrilla y morigeró, en medio de las posibilidades que da el paradigma internacionalmente acatado de luchas contra las drogas, las pretensiones de poderosas mafias.
El camino a recorrer es el de una Democracia segura, justa, incluyente, soberana e institucional. No coincido con el Presidente cuando dice que desde cualquier "trinchera" quiere seguir sirviendo a Colombia; él mismo ha ayudado a que los colombianos dejen de estar en estado medroso de atrincheramiento. Sugiero a él, como amigo, que más allá de las trincheras, retome con entusiasmo la orilla de su visión comunitarista de persona, sociedad y Estado y desde allí siga ejerciendo su derecho a solidarizarse con los mejores destinos de la Patria, que retome el concepto de Estado Comunitario que no aún no le han entendido en la "U" y archive el concepto de Estado de Opinión.
Solo vale el apego a una fe irreductible en Colombia, que se traduzca en creatividad, innovación y felicidad.
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