viernes 19 de febrero de 2010

Como conocí a fabio Avella

El día que no morimos

Por Oscar Domínguez G.*

Como nadie se muere la víspera, ese viernes 15 de junio de 1979, aparte del susto que entró a formar parte de nuestra hoja de vida, no nos pasó nada a los 25 habitantes del Hércules C130 ametrallado desde tierra a escasos segundos de aterrizar en el aeropuerto Las Mercedes, de Managua, donde se producían los últimos combates del sandinismo contra el dictador Somoza quien estaba de salida por la puerta falsa de la historia.

25 años después del episodio, está claro que tuvimos una segunda oportunidad sobre la tierra. Algunos de los sobrevivientes alcanzamos a sentirnos héroes. Tal vez nos vimos condecorados... póstumamente, claro. Con un poco más de perspectiva ahora confirmo que el héroe es el tipo que no huyó a tiempo. O que tuvo suerte, como en nuestro caso. Julio Mario Santo Domingo contaba alguna vez en Caracol que le debe su riqueza a la suerte que ha tenido. Nosotros somos más ricos: gracias a ella seguimos vivos. Aunque hilando más delgadito suerte es el nombre que le ninguniamos a Dios para no agradecerle los favores recibidos quienes no le tenemos bronca a la vida.

El nada poético FAC 1001 que piloteaba el coronel Hugo Beltrán fue a Managua a llevar alimentos para los damnificados y a repatriar – ese mismo día- a 83 colombianos que pasaban las verdes y las maduras por cuenta de la guerra. Una vez en tierra, descubrimos que esos alimentos, arroz y maíz, principalmente, se habían convertido en nuestros salvadores chalecos antibalas: sobre los alimentos se estrellaron los más de 20 impactos de ametralladora calibres 30 y 50 con los que nos dieron la nada cordial bienvenida a una ciudad devastada. “Todos sobre la carga”, fue la orden que escuchamos y obedecimos entre gallos y medianoche. Sólo el auxiliar de vuelo, Víctor Calderón, recibió un impacto en su pierna izquierda. Regresó a Colombia con la condecoración por dentro, vale decir, con la bala incrustada en su cuerpo.

Al principio del ametrallamiento sentí como si estuviera cayendo granizo por “debajo” del avión. Ningún granizo: eran balas de carne y hueso que “llovían” desde los barrios Bello Horizonte, Guaspán y las instalaciones de cervecería Águila, según supimos luego. ¿Disparadas por quién? Averígüelo, Vargas. Los Vargas, esto es, los 15 reporteros que íbamos a bordo, averiguamos, por supuesto. En la torre de control juraron que nos habían disparado los sandinistas para echarle la culpa a la Guardia. O a lo que quedaba de ella. Años después, en un evento en Quito, le pregunté al comandante sandinista Edén Pastora si el deslucido recibimiento de aquel día fue por cuenta del departamento de relaciones públicas de su movimiento revolucionario. El comandante Cero lo negó a pie juntillas y le “echó el ganso” a la Guardia que “necesitaba” desprestigiar a la guerrilla con una catástrofe que feliz y finalmente no se produjo.

Guardadas las desproporciones, el Hércules de la FAC quedó como el Nazareno de la película “La pasión”, de Mel Gibson. El tanque principal de la gasolina parecía un queso gruyer de los huecos que tenía. El sistema hidráulico quedó convertido en puré de chatarra. Los frenos quedaron sirviendo para tacos de escopeta, el Hércules se detuvo cuando le dio la gana. La situación fue de tal manera delicada que nuestro salvador, el coronel Beltrán, comentaba en tierra, mientras veíamos chorrear la gasolina, que no se explicaba cómo el aparato no había estallado.

Por si las moscas, el imponente y parsimonioso Hércules fue movilizado lejos de las instalaciones del aeropuerto hasta donde llegaron los cuerpos de socorro nicas a apagar el incendio. O a recoger nuestros restos que resultaron inmortales ese día.

Entre los periodistas que ese día nos graduamos de reporteros sobre el cielo de Managua estaban dos damas de armas tomar, Mónica Rodríguez y la “Pecosa” Amparo Peláez, con sus camarógrafos, el viejito Hernando Martínez, el loco Gonzalo Castellanos, quien “transmitía en directo” para nosotros mismos y luego para sus televidentes, Gonzalo Guillén, Germán Santamaría y Miguel Díaz, los tres enviados de El Tiempo, Ariel Cabrera y el arriba firmante, enviado de Todelar y del CIEP.

“Avión FAC 1001 ametrallado desde tierra entrando aeropuerto Las Mercedes...”. Así empezaba el nada diplomático fax, escrito a mano por Santiago Reyes Borda a sus superiores en la cancillería en Bogotá, en el que pedía instrucciones. Más diplomáticamente, en carta dirigida a las autoridades de migración locales, el mismo Reyes Borda, con pasaporte diplomático D 13810, pedía autorización para pernoctar esa noche “debido a las fallas ocurridas en el avión Fac 1001”. Gracias a ese eufemismo pasamos una regular noche.

Como dicen los vallenatos y los ciclistas, un saludo para el operador del télex del Hotel Camino Real que nos permitió la única comunicación posible con Colombia el día de nuestra llegada. “Yo soy el operador del télex del Camino Real, Managua. Cualquier información pueden transmitirla. Yo estoy todo el tiempo”, fue lo último que les escribió el anónimo operador a los jefes de Reyes Borda cuando llamaron desde Bogotá a preguntar si el Hércules había despegado.

En el aeropuerto, el cónsul Fabio Avella esperaba al contingente de colombianos ametrallados, en compañía de los que abandonaban Managua. Avella fue otro que clasificó para personaje inolvidable por la gestión humanitaria que desplegó ese y los demás días en plena confrontación.

El coronel Beltrán y sus muchachos tuvieron que hacer un vertiginoso cursillo de cirujanos plásticos de avión al que lograron reconstruir con la nula ayuda de los funcionarios nicas. Remendaron el Hércules con esparadrapos y yerbas afines, y al día siguiente, temprano, estábamos listos para regresar a casa donde nuestros angustiados parientes nos querían vivos, no héroes. Las autoridades demoraron la partida del avión varias horas. Finalmente, pudimos abordar los 83 colombianos, un miembro de la Guardia que desertó aprovechando el desorden, y los viajeros originales, incluidos cuatro duros de la Defensa Civil Colombiana. Por supuesto, al momento del despegue no había la algarabía de la víspera antes del ataque. Temíamos otra salva de calibres 30 y 50 para despedirnos.

A los profanos en navegación aérea nos pareció advertir que el coronel Beltrán hizo una rápida pirueta en el aire para quedar lejos del alcance de las balas de incierto sexo político que nos miraban desde abajo.

Ya arriba, entre las estrellas, recuperamos el habla y cuando el aparato “pisó” cielo colombiano, estallamos en vivas y aplausos en honor de la tripulación que había cumplido su cometido de repatriar compatriotas y de regresar a sus hogares – y a las nóminas- a los reporteros recién graduados que habíamos pasado el susto de nuestras vidas ese día de junio que no morimos.


*OD: periodista ,columnista El Tiempo, El Espectador, otros periodicos de Colombia y el mundo.