sábado 7 de enero de 2012

viernes 15 de abril de 2011

domingo 7 de marzo de 2010

Columna de Sergio Fajardo

Primero la política



Hace diez años nos atrevimos a soñar con una Colombia distinta. Cansados de decir "debería ser así", decidimos apostarle al "así se hace", y nos atrevimos a participar en política porque entendimos, por fin, que es en la política donde se toman las decisiones más importantes del país y nos pusimos el reto de convertirnos en protagonistas de nuestro propio destino.
En la política buscamos el poder para transformar nuestra sociedad. Demostramos con nuestra gestión en la Alcaldía de Medellín que es posible transformar una ciudad y pasar del miedo a la esperanza. Y que es posible gobernar con principios, transparencia y eficiencia. Hablamos con hechos.
Con la experiencia ganada y el respaldo de muchas personas, extendimos nuestro proyecto, creamos Compromiso Ciudadano por Colombia. Desde enero del 2008 empezamos a recorrer el país, paso a paso, para conocerlo y entenderlo, identificar fortalezas y capacidades, mirar a la gente a los ojos y escucharla sin intermediarios. Llevamos 30.000 kilómetros recorridos y contamos con más de 10.000 integrantes de nuestro equipo en todos los departamentos. Hemos trabajado con disciplina, rigor, entusiasmo y convicción. Tenemos el país en la piel, en el corazón y en la razón.
Y, sin duda, mientras más conocemos el país más nos convencemos de que, después de décadas atrapados en la cancha de la violencia y la corrupción, es hora de escribir una nueva página en la historia de Colombia, la que le apuesta al desarrollo de los elementos que tenemos en mayor abundancia en todas las regiones: el talento y la capacidad de nuestra gente. Esto significa apostarles, como nunca antes, a la calidad de la educación, la ciencia, la tecnología, la innovación, el emprendimiento y la cultura como los motores de nuestro desarrollo. Esa es nuestra decisión política.
Para lograrlo, el primer paso ineludible es la transformación de la política; con la misma política nunca daremos el salto que necesitamos. Usamos como herramientas la creatividad y la inteligencia, y no nos salimos del terreno que definen el respeto, la decencia y la dignidad. Hacemos política con principios claros que no se negocian; repetimos, una y otra vez, que nuestro poder radica en la libertad que nos da el no tener precio. Con una propuesta de sociedad construida a partir del rigor del conocimiento, tanto académico como el que han acumulado las personas en sus espacios y territorios.
No prometemos cualquier cosa con tal de ganar. Está probado que de la forma como se hace campaña, como se llega al poder, de esa misma manera se gobernará. Nunca hemos pagado por un voto, por un líder o por una firma, ni prometemos migajas a cambio de votos, porque el que paga para llegar, llega a pagar. Hemos construido el verdadero capital político: Confianza. Votos y líderes se consiguen con plata; confianza no venden, se construye.
En todos los rincones de Colombia se habla de politiquería, clientelismo y corrupción. Se siente el cansancio de la gente con los partidos políticos; el Congreso, con honrosas excepciones, es el ejemplo tangible de trampa y corrupción. Cuántas oportunidades han desaparecido en nuestro país por cuenta de esas personas que se han apropiado de los recursos públicos como si fueran privados. En los bolsillos de los corruptos está buena parte de las oportunidades de los colombianos.
Porque necesitamos con urgencia un Congreso que nos haga sentir orgullosos, creamos nuestra Selección Colombia. La lista de Compromiso Ciudadano por Colombia la conforma un grupo de veinte personas decentes, dignas y respetuosas, que recogen la voz, la calidad y la diversidad de las regiones. A ellas se suman más de 100 personas de todas las regiones que, con la Alianza Social Indígena, han conformado listas a la Cámara de Representantes.
Este 14 de marzo tenemos en la mano tricolor la oportunidad de transformar la política. Este año tenemos la oportunidad de ganar. Será el triunfo de la dignidad, el respeto y la decencia. El triunfo de la esperanza.
* Candidato presidencial de Compromiso Ciudadano por Colombia
www.sergiofajardo.com

lunes 1 de marzo de 2010

No mas tricheras..hablemos de escuelas y hospitales, hablemos de oportunidades!

El pronunciamiento de la Corte Constitucional y el legado uribista

  1. ALFREDO SARMIENTO NARVÁEZ

Como defensor de una democracia institucional no evaporada en medio de personalismos, siempre tuve la claridad de acatar la sentencia de la Corte Constitucional, cualquiera hubiese sido su fallo con respecto a la constitucionalidad de la ley del referendo, que buscaba una nueva reelección del Presidente en ejercicio.
La Corte se pronunció. Hay argumentos de forma y de fondo para declarar inexequible la ley de marras. De su sentencia se desprenden saldos pedagógicos sobre cómo habrán de utilizarse a futuro los mecanismos de participación política. Se deberá apelar a ellos con criterios de excelencia, que superen los voluntarismos, atajos y trapisondas. Sin duda, la sentencia representa un escalón más en la consolidación de nuestras actitudes democráticas.

Después de esta sentencia, Colombia puede terminar de consolidar su lucha contra los violentos con la legitimidad refrendada de ser un Estado que camina en los terrenos de la democracia institucional, del equilibrio de los poderes, del sistema de pesos y contrapesos y las alternancias en el poder. Dentro de esa institucionalidad, con vigor y diligencia, urge retomar la aplazada lucha contra esa forma de violencia que es la triada corrupción-clientelismo-politiquería. Está abierto el espacio para retomar los grandes temas del país: su competitividad social y económica; su lugar en el contexto internacional; entre otros.
En el debate político doméstico, unos ganan y otros pierden. Consolida prestigio y autoridad la Corte Constitucional como garante de la arquitectura institucional de la Patria. Brillan aquellos sectores políticos que han sabido tener independencia del gobierno y, al mismo tiempo, manifestar respeto y reconocimiento por sus aciertos.

Quedan mellados aquellos que apostaron por una dependencia ciega y acrítica hacia el gobierno o aquellos que han hecho de él, objetivo de sus malquerencias obsesivas y recalcitrantes. Dependientes y malquerientes quedaron igualados en el terreno de los cálculos de mezquina politiquería.

Queda minada la imagen de jurista del Procurador, con un corto concepto en el que se recapitulan los mismos vicios de forma que retomó la Corte Constitucional, para concluir precisamente todo lo contrario a lo sugerido por el Procurador.

Enhorabuena, el país ya empieza a salir del terreno resbaloso y polarizante de los que querían reducir nuestro proceso político a la pobre fórmula de uribismo vs antiuribismo.
El discurso del Presidente sobre el fallo es sensato. Es una lástima que, en medio de sus propias ambigüedades, silencios, pronunciamientos y decisiones, con el aplauso de sus aduladores, para algunos, su gloria de estadista se haya podido desvanecer por un aparente apego al poder. A él corresponde también su propio aprendizaje en este trance histórico; está en su legítimo derecho de hacerlo y merece en ese proceso la solidaridad y respeto de sus conciudadanos.

Ha sentado las bases Alvaro Uribe Vélez de la Seguridad Democrática que nos liberó de las garras del galopante paramilitarismo, de la arrogante guerrilla y morigeró, en medio de las posibilidades que da el paradigma internacionalmente acatado de luchas contra las drogas, las pretensiones de poderosas mafias.

El camino a recorrer es el de una Democracia segura, justa, incluyente, soberana e institucional. No coincido con el Presidente cuando dice que desde cualquier "trinchera" quiere seguir sirviendo a Colombia; él mismo ha ayudado a que los colombianos dejen de estar en estado medroso de atrincheramiento. Sugiero a él, como amigo, que más allá de las trincheras, retome con entusiasmo la orilla de su visión comunitarista de persona, sociedad y Estado y desde allí siga ejerciendo su derecho a solidarizarse con los mejores destinos de la Patria, que retome el concepto de Estado Comunitario que no aún no le han entendido en la "U" y archive el concepto de Estado de Opinión.
Solo vale el apego a una fe irreductible en Colombia, que se traduzca en creatividad, innovación y felicidad.

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lunes 22 de febrero de 2010

viernes 19 de febrero de 2010

Como conocí a fabio Avella

El día que no morimos

Por Oscar Domínguez G.*

Como nadie se muere la víspera, ese viernes 15 de junio de 1979, aparte del susto que entró a formar parte de nuestra hoja de vida, no nos pasó nada a los 25 habitantes del Hércules C130 ametrallado desde tierra a escasos segundos de aterrizar en el aeropuerto Las Mercedes, de Managua, donde se producían los últimos combates del sandinismo contra el dictador Somoza quien estaba de salida por la puerta falsa de la historia.

25 años después del episodio, está claro que tuvimos una segunda oportunidad sobre la tierra. Algunos de los sobrevivientes alcanzamos a sentirnos héroes. Tal vez nos vimos condecorados... póstumamente, claro. Con un poco más de perspectiva ahora confirmo que el héroe es el tipo que no huyó a tiempo. O que tuvo suerte, como en nuestro caso. Julio Mario Santo Domingo contaba alguna vez en Caracol que le debe su riqueza a la suerte que ha tenido. Nosotros somos más ricos: gracias a ella seguimos vivos. Aunque hilando más delgadito suerte es el nombre que le ninguniamos a Dios para no agradecerle los favores recibidos quienes no le tenemos bronca a la vida.

El nada poético FAC 1001 que piloteaba el coronel Hugo Beltrán fue a Managua a llevar alimentos para los damnificados y a repatriar – ese mismo día- a 83 colombianos que pasaban las verdes y las maduras por cuenta de la guerra. Una vez en tierra, descubrimos que esos alimentos, arroz y maíz, principalmente, se habían convertido en nuestros salvadores chalecos antibalas: sobre los alimentos se estrellaron los más de 20 impactos de ametralladora calibres 30 y 50 con los que nos dieron la nada cordial bienvenida a una ciudad devastada. “Todos sobre la carga”, fue la orden que escuchamos y obedecimos entre gallos y medianoche. Sólo el auxiliar de vuelo, Víctor Calderón, recibió un impacto en su pierna izquierda. Regresó a Colombia con la condecoración por dentro, vale decir, con la bala incrustada en su cuerpo.

Al principio del ametrallamiento sentí como si estuviera cayendo granizo por “debajo” del avión. Ningún granizo: eran balas de carne y hueso que “llovían” desde los barrios Bello Horizonte, Guaspán y las instalaciones de cervecería Águila, según supimos luego. ¿Disparadas por quién? Averígüelo, Vargas. Los Vargas, esto es, los 15 reporteros que íbamos a bordo, averiguamos, por supuesto. En la torre de control juraron que nos habían disparado los sandinistas para echarle la culpa a la Guardia. O a lo que quedaba de ella. Años después, en un evento en Quito, le pregunté al comandante sandinista Edén Pastora si el deslucido recibimiento de aquel día fue por cuenta del departamento de relaciones públicas de su movimiento revolucionario. El comandante Cero lo negó a pie juntillas y le “echó el ganso” a la Guardia que “necesitaba” desprestigiar a la guerrilla con una catástrofe que feliz y finalmente no se produjo.

Guardadas las desproporciones, el Hércules de la FAC quedó como el Nazareno de la película “La pasión”, de Mel Gibson. El tanque principal de la gasolina parecía un queso gruyer de los huecos que tenía. El sistema hidráulico quedó convertido en puré de chatarra. Los frenos quedaron sirviendo para tacos de escopeta, el Hércules se detuvo cuando le dio la gana. La situación fue de tal manera delicada que nuestro salvador, el coronel Beltrán, comentaba en tierra, mientras veíamos chorrear la gasolina, que no se explicaba cómo el aparato no había estallado.

Por si las moscas, el imponente y parsimonioso Hércules fue movilizado lejos de las instalaciones del aeropuerto hasta donde llegaron los cuerpos de socorro nicas a apagar el incendio. O a recoger nuestros restos que resultaron inmortales ese día.

Entre los periodistas que ese día nos graduamos de reporteros sobre el cielo de Managua estaban dos damas de armas tomar, Mónica Rodríguez y la “Pecosa” Amparo Peláez, con sus camarógrafos, el viejito Hernando Martínez, el loco Gonzalo Castellanos, quien “transmitía en directo” para nosotros mismos y luego para sus televidentes, Gonzalo Guillén, Germán Santamaría y Miguel Díaz, los tres enviados de El Tiempo, Ariel Cabrera y el arriba firmante, enviado de Todelar y del CIEP.

“Avión FAC 1001 ametrallado desde tierra entrando aeropuerto Las Mercedes...”. Así empezaba el nada diplomático fax, escrito a mano por Santiago Reyes Borda a sus superiores en la cancillería en Bogotá, en el que pedía instrucciones. Más diplomáticamente, en carta dirigida a las autoridades de migración locales, el mismo Reyes Borda, con pasaporte diplomático D 13810, pedía autorización para pernoctar esa noche “debido a las fallas ocurridas en el avión Fac 1001”. Gracias a ese eufemismo pasamos una regular noche.

Como dicen los vallenatos y los ciclistas, un saludo para el operador del télex del Hotel Camino Real que nos permitió la única comunicación posible con Colombia el día de nuestra llegada. “Yo soy el operador del télex del Camino Real, Managua. Cualquier información pueden transmitirla. Yo estoy todo el tiempo”, fue lo último que les escribió el anónimo operador a los jefes de Reyes Borda cuando llamaron desde Bogotá a preguntar si el Hércules había despegado.

En el aeropuerto, el cónsul Fabio Avella esperaba al contingente de colombianos ametrallados, en compañía de los que abandonaban Managua. Avella fue otro que clasificó para personaje inolvidable por la gestión humanitaria que desplegó ese y los demás días en plena confrontación.

El coronel Beltrán y sus muchachos tuvieron que hacer un vertiginoso cursillo de cirujanos plásticos de avión al que lograron reconstruir con la nula ayuda de los funcionarios nicas. Remendaron el Hércules con esparadrapos y yerbas afines, y al día siguiente, temprano, estábamos listos para regresar a casa donde nuestros angustiados parientes nos querían vivos, no héroes. Las autoridades demoraron la partida del avión varias horas. Finalmente, pudimos abordar los 83 colombianos, un miembro de la Guardia que desertó aprovechando el desorden, y los viajeros originales, incluidos cuatro duros de la Defensa Civil Colombiana. Por supuesto, al momento del despegue no había la algarabía de la víspera antes del ataque. Temíamos otra salva de calibres 30 y 50 para despedirnos.

A los profanos en navegación aérea nos pareció advertir que el coronel Beltrán hizo una rápida pirueta en el aire para quedar lejos del alcance de las balas de incierto sexo político que nos miraban desde abajo.

Ya arriba, entre las estrellas, recuperamos el habla y cuando el aparato “pisó” cielo colombiano, estallamos en vivas y aplausos en honor de la tripulación que había cumplido su cometido de repatriar compatriotas y de regresar a sus hogares – y a las nóminas- a los reporteros recién graduados que habíamos pasado el susto de nuestras vidas ese día de junio que no morimos.


*OD: periodista ,columnista El Tiempo, El Espectador, otros periodicos de Colombia y el mundo.